jueves, 3 de abril de 2008

Entre Cioran y Salinger olvidé trabajar


Miércoles por la tarde. Hace horas que trato de organizarme y terminar un informe pero es inútil, me paso revisando libros que nada tienen que ver con el trabajo. Recuerdo vagamente las aburridas leguleyadas de Nakasaki contra Jara, entonces dejo de ver la televisión, y releo (no sé por cuanta vez) el cuento de Salinger, ‘El día perfecto para el pez plátano’.

El cuento está en formato digital y trato de compararlo mentalmente con el que leí en la universidad, un libro de edición cubana de la década del sesenta. Hay algo que no concuerda con el juego de palabras de ‘Seymour Glass’, o es que mi memoria trata de salvarme de ser también un pez platano a punto de ser engullido por este mundo de mierda; y trata de confundir mis recuerdos.

Abro un libro de Ciorán (también en formato digital), ‘Breviario de pobredumbre’ (1949), y reviso otra vez las ideas de este hombre inclasificable; leo y me duele algo, no sé que es. La verdad es y no es cuando la sencillez sobrepasa al caos de este mundo. El soundtrack de esta historia que está por terminar es, ‘Religión’; encontré por fin el disco que se me había perdido y me hundo en esas letras que nos hablan de mundos inasibles que solo son tangibles cuando estamos a punto de irnos. Otra vez la coordenada del pez plátano se cuela, y recuerdo que ayer me enteré que el grupo se reunión en España después de 20 años. ¿Vendrán a Perú?

Acabo de leer el capítulo del libro de Ciorán, ‘El parásito de los poetas’, y quiero compartir con los que quieran leer estas reflexiones. No hay salida para los poetas, lamento decir que estamos jodidos para los que tenemos que terminar informes cuando lo que importa es lo ‘otro’, ¿qué es lo otro? Vaya uno a saber.

El parásito de los poetas

I. No puede haber desenlace para la vida de un poeta. Todo lo que no ha emprendido, todos los instantes alimentados con lo inaccesible, le dan su poder. ¿Experimenta el inconveniente de existir? Entonces su facultad de expresión se reafirma, su aliento se dilata.

Una biografía sólo es legítima si hace evidente la elasticidad de un destino, la suma de variantes que comporta. Pero el poeta sigue una línea de fatalidad cuyo rigor nada flexibiliza. La vida les toca en suerte a los filisteos; y para suplir la que no han tenido se han inventado las biografías de los poetas...

La poesía expresa la esencia de lo que no podríamos poseer; su significación última: la imposibilidad de toda «actualidad». La alegría no es un sentimiento poético. (Proviene, sin embargo, de un sector del universo lírico donde el azar reúne, en un mismo haz, las llamas y las estupideces.) ¿Se ha visto alguna vez un canto de esperanza que no inspirase una sensación de malestar, incluso de repulsión? Y ¿cómo cantar una presencia cuando incluso lo posible está manchado por una sombra de vulgaridad? Entre la poesía y la esperanza, la incompatibilidad es completa; de este modo el poeta es víctima de una ardiente descomposición. ¿Quién se atrevería a preguntarle cómo ha experimentado la vida, cuando ha vivido gracias a la muerte? Cuando sucumbe a la tentación de felicidad, pertenece a la comedia... Pero si, por el contrario, de sus llagas brotan llamaradas, y canta a la felicidad esa incandescencia voluptuosa de la desdicha se sustrae al matiz de vulgaridad inherente a todo acento positivo. Es Hölderlin refugiándose en una Grecia soñada y transfigurando el amor en embriagueces más puras, en las de la irrealidad...

El poeta sería un tránsfuga odioso de la realidad si en su huida no llevase consigo su desdicha. Al contrario del místico o el sabio, no sabría escapar a sí mismo ni evadirse del centro de su propia obsesión: incluso sus éxtasis son incurables, y signos premonitorios de desastres. Inapto para salvarse, para él todo es posible, salvo su vida...

II. En esto reconozco a un verdadero poeta: frecuentándole, viviendo largo tiempo en la intimidad de su obra, algo se modifica en mí: no tanto mis inclinaciones o mis gustos como mi misma sangre, como si una dolencia sutil se hubiera introducido en ella para alterar su curso, su espesor y su calidad. Valéry o Stefan George nos dejan allí donde les abordamos, o nos vuelven más exigentes en el plano formal del espíritu: son genios de los que no sentimos necesidad, sólo son artistas. Pero un Shelley, pero un Baudelaire, pero un Rilke intervienen en lo más profundo de nuestro organismo, que se los apropia como lo haría con un vicio.

En su proximidad, un cuerpo se fortifica, y luego se ablanda y se desagrega. Pues el poeta es un agente de destrucción, un virus, una enfermedad disfrazada y el peligro más grave, aunque maravillosamente impreciso, para nuestros glóbulos rojos. ¿Vivir en su territorio? Es sentir adelgazarse la sangre, es soñar un paraíso de la anemia, y oír, en las venas, el fluir de las lágrimas...

III. Mientras que el verso lo permite todo, y en él podéis verter lágrimas, vergüenzas, éxtasis y sobre todo quejas, la prosa os prohíbe expansionaros o lamentaros: repugna a su abstracción convencional. Exige otras verdades: controlables, deducidas, mesuradas. Pero, ¿y si se robasen las de la poesía; si se saquease su tema, y si uno se atreviese a tanto como los poetas? ¿Por qué no insinuar en el discurso nuestras indecencias, nuestras humillaciones, nuestras muecas y nuestros suspiros? ¿Por qué no estar descompuesto, podrido, ser cadáver, ángel o Satán en el lenguaje de lo vulgar, y traicionar patéticamente tantos aéreos y siniestros vuelos?

Mucho mejor que en la escuela de los filósofos, es en la de los poetas en la que se aprende el valor de la inteligencia y la audacia de ser uno mismo. Sus «afirmaciones» hacen palidecer los apotegmas más extrañamente impertinentes de los antiguos sofistas. Nadie las adopta: ¿hubo jamás un solo pensador que fuese tan lejos como Baudelaire o que se atreviese a transformar en sistema una fulguración de Lear o un monólogo de Hamlet? Quizá Nietzsche antes de su fin, pero, ay, se obstinaba aún en sus estribillos de profeta... ¿Buscaremos del lado de los santos? Ciertos frenesíes de Teresa de Avila o de Ángeles de Foligno... Pero se encuentra demasiado a menudo a Dios, ese sinsentido consolador que, apuntalando su valor, disminuye su calidad. Pasearse sin convicciones y solo no es propio de un hombre, ni siquiera de un santo; a veces, sin embargo, lo es de un poeta...

Imagino a un pensador exclamando en un movimiento de orgullo: «¡Me gustaría que un poeta se fabricase un destino con mis pensamientos!». Pero para que su aspiración fuese legítima, haría falta que él mismo frecuentase largo tiempo a los poetas, que sacase de ellos delicias de maldición, y que les devolviese, abstracta y acabada, la imagen de sus propias caídas o de sus propios delirios; haría falta sobre todo que sucumbiese en el umbral del canto, e, himno vivo más allá de la inspiración, que conociese el pesar de no ser poeta, de no estar iniciado en la «ciencia de las lágrimas», en los azotes del corazón, en las orgías formales, en las inmortalidades del instante...

...Muchas veces he soñado con un monstruo melancólico y erudito, versado en todos los idiomas, íntimo de todos los versos y de todas las almas y que errase por el mundo para nutrirse de venenos, de fervores, de éxtasis, a través de las Persias, las Chinas, las Indias muertas, y las Europas moribundas, muchas veces he soñado con un amigo de los poetas que los hubiese conocido a todos por desesperación de no ser de los suyos.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Ocho manos en el bar de don Lucho en Quilca


No tengo aviones para el ojo izquierdo
desliz de sonido parpadea sentido
y se rompe como el silencio en la lluvia
entonces cada pieza empieza en tus dedos y sonríe la partitura
la yerba es yesca esta noche
y tu cuerpo se centra en tu ombligo
y se pierde el silencio entre barcos ultracromáticos hacia las antípodas
de luz un océano hemisferio nuestro

lunes, 3 de marzo de 2008

Radiografía de una generación jodida


Había pensado empezar a contar esta historia soltando mis ajos y cebollas por las vicisitudes por las que pasamos un grupo de amigos, reunir a los compañeros de la promoción del colegio luego de 20 años; pero luego pensé que había que ver las cosas con ojos de observador social, de ‘ociociólogo’ como dicen. Pero me había dado vueltas el espíritu del ensayo de Manuel González Prada, “Nuestros magistrados”, y decapitar con la pluma a mis amigos queridos del colegio.

Parece extraño pero repetimos conductas sociales en sencillas acciones de nuestra vida diaria (oh que gran descubrimiento), desde la apatía, la puñalada, la ayuda, el compromiso, la exigencia, la burla mansa. Como si fuéramos marketeros políticos en campaña había que pelear con distintos escenarios posibles, al final hay que asumir que nuestra idiosincrasia es complicada; no hay otra que joderse en la peruanidad (se me viene a la mente esa trillada frase, el peor enemigo de un peruano es otro peruano).

Días antes chateando con una amiga sanmarquina le contaba de algunas actitudes que había encontrado para organizar este reencuentro, ella respondió que siempre pasan estas cosas, el cargamontón a los que asumen responsabilidades. En un momento de calentura le dije a esta amiga (conociendo mis arranques venáticos) que en medio de la fiesta iba a mandar a la mierda ciertas actitudes, o a estas mismas personas (pero no fueron a la fiesta). Afortunadamente todo quedo en una cólera pasajera, ¿por qué?, porque al final la calidez peruana es más grande que todos sus problemas.

Habíamos pensado que el concepto para la fiesta debía ser una estética ochentera, pero eso era imposible; esas fiestas temáticas no caben para nosotros (así me dijo un amigo, ‘tú y tus cojudeces’). Somos tantos y todos distintos (como nuestro país), nunca nos íbamos a poner de acuerdo; será por eso que hay tantos partidos políticos en el Perú.

Todo nació de la nada, conversando semanas atrás con mi amigo R. Sin darnos cuenta el tiempo había pasado y ya era hora de reencontrarnos con los amigos del colegio, para saber en qué va cada uno. Desde el principio quedó claro que sería una reunión práctica, sin despliegue de ostentación porque éramos dos y luego tres los que nos echaríamos al hombro la organización y el financiamiento de todo.

Manos a la obra consistía en buscar un lugar para la reunión, la cual conseguimos gracias a la ayuda de una compañera, luego venía hacer la lista de compañeros (de los que nos acordábamos); hay que precisar que nos tocó estudiar la Secundaria en una época donde el terrorismo era el pan de cada día, y teníamos de presidente a Alan García, sólo con esas dos cosas teníamos de sobra para llevar el estigma de ser una generación jodida, en todos los sentidos posibles.

Estudiamos en un colegio de la red de Fe y Alegría. Nunca hubo la foto oficial de promoción, ni anuario, ni fiesta, ni viaje; pero había colas para comprar azúcar, apagones, falta de agua, y rezar para no encontrarse con alguna bomba por allí (desgraciadamente un compañero sufrió las consecuencias de la insania de Sendero Luminoso). No nos quejamos del colegio, al menos yo no (siempre que puedo compro las rifas del colegio porque devuelvo en algo lo que el colegio me dio).

Cosas que nos encontramos en el camino

Haciendo ejercicio exhaustivo de la memoria hicimos una lista de unos setenta compañeros (éramos aproximadamente 90), pero la memoria no daba para más. Luego venía la tarea de ir a buscarlos, había que caminar mucho e ir por lugares que no visitábamos hacía años, algunos nos miraban con asombro (casi todos casados). Algunos seguían en el camino a la destrucción (drogas), otros habían viajado al extranjero, de algunos nadie quiso dar información (hubo una casa donde nos atendieron con la puerta cerrada, pensarían que seríamos asaltarles o algo así, gajes del cartero supongo).

Imaginaba contar estos hechos teniendo en la cabeza aquellas escenas del filme “Cuentos inmorales” (1978), experimento de largometraje por episodios, en que cuatro directores mostraron facetas de Lima vistas a través de historias ambientadas en diferentes sectores de Lima, donde Francisco Lombardi presenta “los amigos”, donde narra el reencuentro de tres o cuatro amigos del colegio luego de muchos años, que empieza en una cantina y termina en un prostíbulo (pasando por una serie de situaciones tragicómicas).

Uno de mis amigos me ‘conminó’ a que debía ir a cada casa hasta encontrar personalmente al compañero, aunque eso significara ir tres o cuatro veces, para él no era suficiente dejar la tarjeta a un familiar; yo me decía a mí mismo no era suficiente el tiempo que había invertido, caminar cuadras de cuadras, ir a reuniones preparatorias; cuando lo más valioso que tenemos ahora es el tiempo, al menos para mí. Hice lo que debía hacer con este ‘amigo’, mandar al carajo sus consejos y de pasada a él. Y así seguimos con los preparativos. No hubo orquesta, pero no estuvo mal vernos, bailar y beber hasta el día siguiente.

La noche de ese sábado había transcurrido como suelen transcurrir, las largas charlas de cómo nos trataba la vida, las bromas, los hijos, los matrimonios, los divorcios, los emprendedores empresarios, los ‘perros del hortelano’ (que en todos lados están), los mil oficios, los ausentes (fallecidos), los exitosos profesionales, las conversaciones secretas para contarse las últimas aventuras amatorias etc.

Al final asistió casi la tercera parte de la promoción (acaso el tercio superior tonero). En la fiesta vinieron en un momento las palabras de cada uno (menos mal breve y no como las largas peroratas de los políticos de alcantarilla que existen por aquí). A mi turno no sé si fui aguafiestas al decir que debíamos tener mayor organización con miras a las bodas de plata, pues todos o casi todos dijeron que hagamos esta fiesta cada año; pero sabemos que las buenas intenciones son sólo eso.

Vino como no, las fotos y el bailongo; conversé con todos los grupos sin preocupaciones especiales, sin desaliento ni desesperanza por no haber logrado que vinieran todos, creo que somos los que somos y nada más. Con el paso del tiempo veo que las heridas y los malos entendidos no cierran. Gente que vive tan cerca no vino o no quiso venir, gente que no quiere confrontarse con el pasado y prefiere el perfil bajo, gente atrapada en la vorágine del día a día (cría cuervos y te sacarán los ojos, esto va para los hijos adolescentes que tienen algunos), y por allí uno que otro que espera que todo salga mal para jodernos la fiesta, porque como anda jodido él quieren que todos lo estén.

Como vemos somos parte de una generación jodida que vivió la insania de grupos terroristas, un presidente nefasto (para cerrar el ciclo está otra vez en el poder, es que el loco no es él sino los que lo eligieron, y no soy humanista ni de partido alguno porsiacaso, tampoco apolítico); vivimos el colegio sin celulares, Internet, ni nada de lo que hoy nos parece normal cuando antes ni lo soñábamos.

Para cerrar repito la calidez peruana es más grande que todos sus problemas. Como corolario sí hubo música de los ochenta, y como no podemos escapar de las fauces del Grupo 5 y demás parafernalia cumbiambera también estuvieron, no faltaron los huaynos y algo de música de la selva (eso recuerdo, en fin como estaba ebrio). Me queda como tarea para una fiesta personal bailar remixes ochenteros (que no puedo con mis ganas de tonear con algo discotequero).

Post data

Al día siguiente varios se fueron ebrios manejando sus autos, pero no hubo problemas. De moraleja nos queda si bebes no manejes y si vas a beber lleva tu chofer pe’.

jueves, 14 de febrero de 2008

Al diablo con el día de san violetín


Yo que he caminado más de 30 cuadras bajo una fuerte llovizna con una camisa tan delgada que casi era transparente (todo en nombre del amor), yo que escribí a mano cartas de amor de más de 40 páginas (además de hacer otras cosas que no contaré aquí); no creo ser un anti romántico si le meto un par de patadas al quisquilloso día de los enamorados, el consabido día de san Valentín, al que me gusta llamar desde hace años como el día de ‘san violetín’, de lo morado que debe estar de tanto golpe.

Cuando era adolescente no recuerdo haber celebrado este día, tal vez porque las campañas de marketing no eran tan agresivas como hoy. Vivimos en la era de los regalos en forma de corazón -la odiosa exigencia de regalar- de ir de promoción en promoción como ovejas rumbo al matadero (al final la que muere es la billetera). Pero el amor no muere nunca porque está más allá del comercio, y sólo necesita su pequeño espacio para reproducirse como las ratas.

Desde La soledad de una PC un individuo empieza a mascullar, es un hombre que quiere echar al aire sus quejas por el día de ‘san violetín’; tal vez porque es un enfermizo enamorado que quiere dejar libre el sentido del amor. No quiere disimular por eso no quiere prestarse al juego de la mercadotecnia que le empuja a regalar inmensos ramos de flores, muñecos, cenas en lugares de moda, regalos y más regalos (todo eso se puede dar cualquier día del año, pero no lo ‘obliguen’ que sea este 14). Somos del tipo de hombres que odia hace largas colas porque ese día a todos se les ocurrió celebrar no sé qué.

Nosotros que hemos recogido piedras de la playa para tener un recuerdo del ser amado, nosotros que hemos devuelto al mar un caballo de mar para cumplir una promesa entre amigos, y que cuando vemos a este noble animalito marino atrapado entre manos mercaderes tendemos al rescate; no entendemos por qué debemos demostrar nuestro corazón al unísono del ‘ring’ de las cajas registradoras.

Hay que penetrar la realidad de las cosas para enfrentarla cara a cara contra nosotros, esto de hablar de los corazones rotos y de los amores más felices, se hace difícil entre vendedores que nos atosigan con su tácita bandera, la necesidad de comprar y regalar en nombre del amor y la amistad. Habría que buscar el mal menor, o sea la nada; al diablo con el día de ‘san violetín’.

Yo que declaré mi amor muerto de la forma más explícita tras quince años de silencio (dicen que el silencio es la sabiduría de los que viven presos), no entiendo que tiene que ver la casuística del amor en fanfarrias de compras de regalos. ¿Es qué vivimos en un mundo donde ya está escrito cuándo se da regalos y cuándo los recibimos, sin importar que uno tenga ganas?

Como decía el maestro Ciorán: “El escepticismo es un ejercicio de desfascinación”; y tras el día de ‘san violetín’ está implícito un pensamiento escéptico que busca desarticular el montaje monetario que enfatiza la raída realidad de las cosas, el amor y la amistad no se compran con regalos. Puesto que el mercadeo del amor es un mecanismo de artificios organizados para mover este mundo, que gira al danzón bursátil y de la desaceleración de la economía, guardemos billeteras y resistamos estoicos.

Nosotros que hemos resistido de pie las más duras verdades en nombre del amor podemos hacerlo, así que en vez de un ramo de rosas mejor un beso y unos tragos (si están de oferta mejor). Como alguna vez me dijera una mujer que amé, “no tenemos que ir a ese restaurante caro, creo que nos basta un café y un chancay porque lo que importa es que estemos juntos”. Al final ella se fue de mi vida, yo me quede con menos dinero (pero ahora me dura el doble la hoja de afeitar diría Cisneros), y con un dolor en el corazón. Gajes del oficio del enamorado.

Para los despechados y solitarios mi solidaridad por tener que soportar toda la retahíla de golpes de cursilería, que de seguro algunos tragos aliviarán, para al final terminar escuchando la famosa frase: yo la quería patita. Tal vez el amor tiene que ver más con las historias desgraciadas de las óperas, aunque el amor no debería ser el sufrir la vida tiene la costumbre de mezclar. Cuando uno se enamora el amor sale con carnecita y hueso, ‘caserito’.

Al final depende de cada uno que hace con su tiempo, su dinero etc. Pero a mis amigos les digo ya saben mi celular, que para beberse unos tragos cualquier día del año es bueno, y mejor si es que nos invitan.

sábado, 2 de febrero de 2008

Ensayo de una idea estival


¿Es acaso la creación y la perseverancia dos caminos distintos que nunca confluyen? ¿Qué se necesita para estar siempre en estado creativo, acaso perseverar en aquello que creemos nos acerca a ese estado de gracia donde todo es posible? Preguntas como estas se ha hecho el hombre desde hace miles de años.

La verdad que hoy quiero compartir con ustedes es mía, no sé si es la misma que sienten o piensan ustedes. Esto de crear es andar en estado esquizofrénico donde a nadie ajeno se lastima sino a uno mismo, si es que no se sigue el camino que nos señala el momento, crear y crear para no morir ‘envenenado’ con nuestra dimensión estética, que tiene de todos los lados concebibles, demoníaco y terrenal, entendiendo estos aspectos más allá de toda atadura moral, religiosa o temporal; nuestra estética va más allá de todo, más allá de nosotros mismos como autores pues nos libera y nos encierra a la vez en nuestros dramas secretos, somos sin duda los ‘homo esthéticus’ aquellos que podemos ver la belleza donde otros ven la nada; el vacío es sin duda lo contrario a lo que trato de explicar.

¿Se nace con talento o se adquiere el mismo con recetas o técnicas para ser un ser creador? ¿A quién le corresponde responder esto? No lo sé, tampoco creo que nos importe, al menos a mí. Los que no piensen igual pueden leer los libros sobre el tema y sumergirse en el mar de las explicaciones, o si tienen la oportunidad preguntárselo a los pontificados artistas que conozcan.

¿Cuántas maneras hay de crear? No lo sé. Ya Sócrates nos dio la respuesta en breves palabras que encierran el universo, o sea, la brevedad atrapó aquello que no puede la lógica; sólo sé que nada sé. Parece una tomadura de pelo pero es la verdad más categórica que hombre alguno haya podido decir en este mundo.

Crear es destruir, suena ilógico, irracional, pero acaso al crear no estamos destruyendo la cadena que nos ata a este mundo de apariencias. Ya decía aquella letra punk de un grupo peruano que no recuerdo ahora: “Hay que destruir para volver a construir”. De eso se trata en resumen el crear, una destrucción masiva de aquello que nos ata. La más dura atadura sin duda es la que una parte de nosotros nos la pone a nuestro ser creador, rota esta somos los hombres más libres y nada detiene nuestro poder porque encarnamos a la muerte y decidimos cuando nos llevamos al vida de nuestra creación al infierno o a los campos elíseos, o donde queramos, lo arbitrario aquí sí tiene cabida.

Las penas de los creadores son las nuestras, las otras son del mundo aparente. ¿Qué es lo aparente? Todo aquello que ven nuestros ojos. Tal vez una frase de Novalis tomada de Enrique de Ofterdingen: “Me ofrezco como eterno holocausto a este sol naciente y, ante él, enciendo en mí una llama que no se extinguirá jamás”; pueda explicar la naturaleza salvadora de la creación, crear o morir, entendiendo la muerte como el vacío de la existencia del artista. Hay que crear aunque sea efímera nuestra creación y sólo podamos verlo fragmentariamente con los ojos de la mente. Hablemos con nosotros mismos, no nos quedemos en silencio ante nosotros mismos; a los que nos pasamos la vida encerrados en esos ergástulos de metal que es el transporte masivo de Lima, les digo abstraigámonos y empecemos a crear mientras el mundo nos pone contra la pared; destruyamos la ciudad en que vivimos.

lunes, 31 de diciembre de 2007

No hay campeonato pero hay escabeche y cerveza



Las mentadas de madre a todo pulmón han quedado atrás, ahora sólo nos queda comer todo el escabeche de pollo que podamos y beber toda la cerveza que el cuerpo permita; otra vez el campeonato se le ha ido de las manos al Once Estrellas, pero no vamos a llorar por ello sino a emborracharnos que la vida no está para lamentaciones sino para encarnar en este momento a unos epicúreos de barrio.

Once Estrellas es un equipo de fútbol de la liga experimental de San Gabriel Alto, Villa María del Triunfo, Lima (Perú). En febrero de 2008 cumplirá 31 años de creado. Hasta donde recuerdo en toda su historia no ha campeonado en la liga del barrio, quizás lo haya hecho en algún campeonato relámpago en sus primeros años. Pero ahora todo es distinto en el fútbol, antes se jugaba por amor a la camiseta y ahora por dinero, antes en terrales y sin árbitros, ahora en canchas reglamentarias de césped y con arbitraje de la vil maquinaria de la FPF.

El equipo ha sido fundado por ‘Pedrito’, un vecino cincuentón oriundo de Lunahuana, y por algunos entusiastas vecinos deportistas. De ellos sólo ha sobrevivido ‘Pedrito’, quien ya no anda en las correrías del equipo con sus contemporáneos fundadores, sino –como dicen los chicos de hoy- con la ‘batería’ adolescente que es ahora la hinchada que ha traspasado el jr. Miguel Grau, y se ha extendido calles más allá y hasta Europa como no.

Por muchos años el equipo había estado atrapado en la segunda división de la liga, las veces que disputó la final para ascender a primera perdió, pero nos ha dejado algo para recordar, mucha emoción. Ascendió hace tres años por puntos (que no es un regalo sino que ahora ascienden dos y no sólo el campeón), y este domingo 23 de diciembre del 2007 jugó su primera final en primera. Hasta allí la presentación formal.

Los hinchas del Once Estrellas –que suelen ser unos zascandiles- son en su mayoría vecinos de la calle y alrededores (no son todos porque el club no es monedita de oro); pero desde hace algunos años ha sumado a simpatizantes de calles más lejanas por alguna razón extraña, tal vez porque los otros clubes son más cerrados y el nuestro no se reserva el derecho de admisión, y son bienvenidos por igual los formales funcionarios de la Sunat y los borrachines de las esquinas.

En la final del domingo los roles estuvieron repartidos así, los sufridos hinchas del equipo siguen sufriendo (que para eso están), mientras el otro equipo se tapona los oídos para no escuchar el sinsabor de los que pierden. Llevamos la maldición del Municipal, no hay vuelta que darle.

Todo anda mal, para empezar me he perdido el primer tiempo porque fui al vetusto y pobretón estadio a la hora pactada, y me entero que el partido empezó una hora antes (maldita informalidad). Así mientras una hora antes acompañaba a una amiga que odia el fútbol a comprar sus regalos navideños, los algo más de 200 hinchas asistentes del Once Estrellas han gritado a todo pulmón el único gol del equipo.

Este hincha ha llegado suelto de huesos al artesanal estadio, paga su entrada y repite la cábala (que parece ser no es la correcta), alejarse de la barra e irse a occidente con pocos hinchas, algunos dirigentes, dos camarógrafos y un par de exaltados que ningunea a quemarropa a los jugadores de mi equipo.

Este cronista ha ido (a diferencia de la última vez que jugamos una final, con su fiel mp3 que tiene las canciones que bajó un día antes de la web oficial de Robi Draco, es un hincha que no se enamora del grupo Caribeños, es más bien dark). Prefiero estar solo porque no me salen las mentadas de madre junto a la barra, prefiero escrutarlo todo en silencio y ahogar los gritos en respiraciones entrecortadas y el violento latir de mi corazón.

No necesito decir que el equipo está lejos de practicar el jogo bonito, más bien se parece a la selección, pero sin Pizarrón ni metrosexuales en la cancha, y tiene más bien a algunos reciclados de la Copa Perú y alguno que otro chancadito como el Chorri del Especial del Humor. Para la memoria nos queda la voz del maestro Tim hablar del toque de sabor, Ají no moto; y para este momento el toque de la hiel, perder.

Como hincha seguiré inventando un motivo para seguir yendo al estadio para ver jugar al equipo, aunque haya jugadores que se abandonan al destino y sólo les interesa cobrar sus honorarios. Voy y seguiré yendo porque tal vez uno de mis hermanos es dirigente de mesa, y el otro el único jugador titular del equipo que juega sin cobrar, amor por la camiseta en los tiempos del todo se compra todo se vende. Debo precisar que los jugadores vienen de todas partes de Lima, y sólo dos o tres son del barrio.

En el estadio casi cuadriplicamos en número de hinchas al otro equipo, por momentos todos saltan como si al hacerlo se salvaran de ir al infierno. Están presentes la inmensa banderola con los colores del equipo, el papel picado, el bombo, la matraca, sólo falta el gol que marque la diferencia. Tenemos la misma camiseta que la selección brasileña, esa es la histórica indumentaria aunque alguna vez hayamos usado la del Bayern Munich por la moda Pizarro.

El otro equipo es un conjunto irregular, su cualidad es asustar con pierna fuerte, escupitajos, golpes secretos, insultos, no es un gran equipo pero hace lo suficiente con la rudeza del juego. El Once Estrellas trata de jugar de una manera romántica, pero por desgracia aquí la figura del héroe es un lastre, siempre hacen una de más y no juegan en conjunto, dos o tres quieren llevarse la gloria y asegurarse un mejor contrato para el próximo año. Para variar al árbitro le gritan de todo, fuera y dentro de la cancha; hay que tener vocación suicida para arbitrar donde si te linchan no te salva nadie.

Faltan cinco minutos para el final y el otro equipo mete el gol decisivo. Los minutos finales los dedico a reflexionar sobre la naturaleza de los hinchas (tener esperanza está bien para los chicos de 15 años pero no para mí). Los hinchas son de alguna manera la expresión moderna de la remota tendencia de formar grupos de machos para la caza (así se me antoja interpretar al zoólogo Desmond Morris). Y las mujeres –claro- se quejan a menudo de que vayamos al estadio con los amigos y se ponen en la absurda posición: ¿tu partido o yo? Ellas pasan pero el equipo no se va nunca.

Cada vez hay más chicas en la barra, ya no es raro ver a algunas vecinas gritar más fuerte que algunos hombres (por mientras más que yo). Es un espectáculo verlas perder la compostura y soltar más ajos y cebollas que una avezada verdulera de la Parada. Hay detrás de la hinchada una hermandad tácita de solidaridad que ha roto las diferencias de género (así ya no podrán quejarse las chicas de Flora Tristán y Manuela Ramos).

En el estadio somos todos casi iguales. Nos reunimos para beber cerveza como Homero Simpson y gritar como descosidos -y como no- buscar chicas lindas con la mirada en el intermedio, es que ellas son el intermezzo entre el cielo y el infierno, ganar o perder. Aquí nadie viene a hablar de la Crítica de la Razón Pura, ni de las últimas medidas tributarias del Ejecutivo de cara al TLC; no, aquí se viene a vivir nuestra animalidad.

El partido ha terminado, hemos perdido. No hay lágrimas sólo amargura, y algunas carajeadas secretas. El entrenador (que lo hay y no hay), maldice la falta de previsión, que no se haya citado a los jugadores una hora antes del partido y que estos lleguen con las justas, que hayan faltado jugadores clave, que no se haya presionado en mesa por que en el otro equipo haya jugado un tipo sin la indumentaria completa. Es la historia de siempre, hay que joderse por ser un equipo de barrio, hay que joderse porque somos el espejo de lo que existe en la FPF y el fútbol dizque profesional del Perú.

Nos vamos al barrio con la cara baja, algunos como si nada. El otro equipo con sus cuatro gatos ocupa la avenida con su banderola, nosotros nos dispersamos como hojas arrancadas de los árboles. No hay actos violentos como en anteriores finales, donde algunos seguidores se agarraban a fierro, puño, pedrada, lo que haya a la mano; como el equipo aquel que tenía hinchas que eran poco menos que delincuentes, y que no tenía problema en invadir la cancha, parar el juego y arrojar piedras con intención de matarte porque les van ganando 5 a 0.

Ya en el barrio las penas se olvidan. Las botellas de cerveza invaden la calle, y esta se cierra y no pasa ningún automóvil. Como de costumbre la casa del fundador es el punto de reunión. Decenas de personas forman distintos grupos, el club es eso, compartir conversación y los platos de escabeche de pollo que salen generosos de mano en mano.

Todo es filmado (el partido también obviamente), para luego enviar esta grabación a los socios que viven en Europa, quienes religiosamente envían cada mes sus aportes para los gastos del club. Uno de ellos está en Madrid, y ese domingo 23 a él poco le importa el clásico español sino como le fue al Once Estrellas.

Toda la tristeza de no campeonar se nos va de encima, hacemos de tripas corazón y la gente se entrega al bullicio, y se ahoga ríos de cerveza hasta la madrugada. El próximo año nos irá mejor (siempre hay que decir eso para engañar al ego herido). Cerramos las ventanas del campeonato 2007, y abrimos la puerta del 2008.

Con el amanecer la calle queda con los rezagos de la sombra bohemia, los borrachos de siempre han dejado el barrio con aquel olor acre. ‘Pedrito’ limpia todo, como siempre. Seguimos nuestras vidas, es víspera de navidad.

Como corolario hay que decir que el equipo que ganó fue el Mariátegui, por un marcador de 2 a 1; pero que consiga su blogger para narrar su victoria. El segundo lugar nos ha dejado 600 soles de premio (aproximadamente 200 dólares), hemos perdido los 900 restantes del primer lugar; pero la campaña debe haber costado cinco veces más que el premio del subcampeonato.

La historia del Once Estrellas es muy larga, pero estamos obligados a simplificar 30 años de alegrías y de penas. Quedan pendientes las broncas callejeras de antología, y la muerte de uno de los hinchas acérrimos, Juanito, cuyo rostro llena la banderola del equipo. Nos espera una fiesta por los 31 años, y vender la publicidad de la camiseta para financiar el 2008.

jueves, 13 de diciembre de 2007

En el país de los cedros (aunque no haya ninguno)


Había encargado a la recepcionista del hotel que me despertara a las 5 de la mañana (que para mí es la profundidad del sueño), para prepararme e ir hacia Rioja (la ciudad de los sombreros). Y así empezó esta pequeña aventura, que además de soñolienta fue rápida y ¿furiosa? Además de ser el último día de noviembre.

Llegué a la comunidad de El Cedro porque me dijeron en Tarapoto que aquí encontraría la escuela 0843 El Cedro, y yo debía ir porque así estaba establecido en el programa de trabajo con el gobierno regional de San Martín.

De entrada al pueblo me doy cuenta que el tiempo de la canícula es crónico. Mientras más nos adentramos pareciera que nadie vive aquí, sólo dos perros nos ladran a lo lejos como para contradecirnos. Hemos tenido que caminar algo más de un kilómetro desde la carretera de trocha hasta la escuela, porque la crecida del río Pacuyacu se llevó el camino, como para recordarnos a los que venimos de la ciudad que estamos en una zona rural, donde la espesura de la selva es el revés del cielo y la turbia serpiente infinita que es el río Mayo nos mira desde arriba, aunque creamos que esta a lado de la carretera Fernando Belaunde.

La comunidad, a diferencia de lo que había pensado al principio, nada tiene que ver con la soledad del silencio, aquí el sol hace hervir la vida entre los gritos de los chicos de la escuela en el recreo que luego veríamos.

Herlin Guerrero, el director de la escuela que desde febrero del 2005 ingresó a formar parte del Proyecto AprenDes, luego del compromiso de la comunidad y las autoridades educativas; nos da la bienvenida con la calidez de un hermano. No nos conoce pero nos abre la puerta de la escuela para ver cómo trabajan en ella.

A partir de aquí empieza el trabajo de adentrarnos en una escuela rural en medio de la selva peruana. Estoy lejos de ser un hombre rural pero tener frente a la escuela una inmensa montaña verde debe ser lo mejor para un niño que va a estudiar. Esto es la pasantía pero me resisto a contarlo desde el lenguaje de los especialistas de la educación, porque no lo soy, soy sólo un amago de cronista en medio de la espesura selvática.

Ya el grupo está completo, dos directores de DRE, una ex ministra de Educación, especialistas en educación de distintas regiones, representantes del Ministerio de Educación, los dos maestros de la escuela, los alumnos y algunos padres de familia.

Al entrar al aula nos recibe una niña encargada de la comisión de bienvenida. Los niños del tercer hasta el sexto grado de primaria –que son los que enseña Herlin- nos miran curiosos. Por un segundo se quedan en silencio y luego reaniman la clase. Estamos allí para observar el trabajo en el aula.

“Me quiero mucho, somos inteligentes y si podemos hacerlo”, dicen a coro los niños de la mesa del tercer grado. Es su forma de empezar el día, y lo encabeza la monitora, que de alguna manera es la auxiliar del maestro en este grado. Ellos son los encargados de poner orden, y les recuerda a los compañeros que no se deben usar palabras vulgares en el aula, y mucho menos pelear. El cargo de monitores es rotativo nos dice Herlin, “ser monitores es parte de la formación de líderes y todos tienen su oportunidad”. Otro cargo al que aspiran los niños es el de alcalde escolar, pero este se alcanza mediante una democrática elección escolar.

El aula es una fiesta de color –como deben ser- hay papelógrafos con textos de los chicos, dibujos, hasta una bodega donde todo se hace más real al momento de hablar de la importancia de la bodega de la comunidad.

Los chicos trabajan con las famosas guías de autoaprendizaje –las cuales han sido validadas por los maestros en distintos talleres nos cuenta Herlin- es gratificante ver a los chicos leer por ellos mismo las guías, y como entre ellos mismos se preguntan para asegurarse de haber entendido. Es lo que se llama hacer del alumno el protagonista de su propio aprendizaje.

Las clases empiezan a las 7.55 a.m. y terminan a las 1 p.m. A las 10 a.m. toman el desayuno que les proporciona el Pronaa (las madres de familia van rotando para prepararlo), luego viene el recreo. Cada día es una aventura el ir y regresar a la escuela, eso lo sabe bien Elsie Cruzado, la niña del cuarto grado que es la que más lejos vive del colegio; 50 minutos de ida y otros de vuelta, en su recorrido es acompañada por sus compañeros hasta cierta parte, luego debe llegar sola. No le es extraño encontrar todo tipo de animales durante su camino.

Luego del recorrido de las dos aulas de clases, la biblioteca, el comedor, nos reunimos todos (los niños siguen en clase) para conversar sobre lo que hemos visto. Irene Gutarra, la gerente técnica de AprenDes inicia el debate sobre nuestras apreciaciones. Todos cuentan lo que les ha parecido, y hablan de la realidad de sus regiones. Pero sobre todas las intervenciones resalta la metálica, aguda (no sé como describirla) voz de Herlin explicando el trabajo de su escuela. Es sin duda un Quijote en medio de la selva, un ser sacado de aquel apartado rincón del mundo para decirnos que el Perú es eso, una promesa, acaso una leyenda paralela a la carretera, como oculta pero no.

La comunidad

En la comunidad viven unas 150 familias nos dice Herlin. Estas se dedican al cultivo del café, arroz, además de criar ganado. En las tardes la cancha frente a la escuela –que luce hoy como un terral- se llena de gente para jugar fútbol y voley bajo el abrasador sol; es la diversión del pueblo, aquí no hay electricidad nos lo recuerda.

Esta escuela multigrado se destaca por el entusiasmo, iniciativa y voluntad por mejorar cada día en los aprendizajes de los niños. Aunque Herlin y la segunda maestra del colegio, Sandra Ríos, no viven en la comunidad se han involucrado con los padres al grado que estos apoyan en la hora de la lectura, y desde luego participan de lleno en el día de logros. Esta es una escuela donde los padres se han tomado en serio su rol de acompañantes en el proceso educativo de sus hijos. Y para no quedarse atrás hasta han participado de un concurso de comprensión lectora, con un jurado externo para no tener problemas dice entre sonrisas Herlin.

Una de las tareas a realizar en el 2008 es reforestar algunas partes de la comunidad –una hectárea nos toca a la escuela- dice Herlin. “Este lugar se llama El Cedro pero cuando la gente viene no hay ninguno, es porque antes estos fueron desforestados por personas de otros distritos. Ya tenemos nuestros plantones de cedro y caoba gracias a Inrena, y los chicos y nosotros nos encargaremos de esta tarea”.

Es hora de despedirnos así que viene la foto de rigor de todos los alumnos, visitantes, maestros, frente a la escuela. Nos espera la caminata de regreso hasta la movilidad (afortunadamente no hay mosquitos). Volver a toda prisa hasta retomar la carretera Fernando Belaunde a la altura del kilómetro 450, y de allí ir más rápido que una combi asesina de Lima, a más de 130 KM por hora por momentos (furiosos) para poder llegar en casi tres horas a Tarapoto, y no perder el avión de regreso a la ciudad.

En el camino sólo nos hemos detenido para beber el agua helada de unos cocos, es que el calor ya nos había deshidratado y no habíamos llevado agua (ni desayuno ni nada); por ello si va a un lugar como El Cedro no olvide llevar sus chelitas para el retorno –pero que no beba el chofer-, ahora que te hidratan con cuatro botellas por 9.50 soles (así es la competencia dicen).